Vayan Ustedes...


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Vayan ustedes…            

¿Se fijó? Si usted ha escuchado o leído el relato de la “multiplicación” de los panes y peces del texto de Lc 9, 10.17 (que posee paralelos en los cuatro evangelios presentes en el canon bíblico), llama la atención la frase que Jesús usa como respuesta ante la problemática que en ese momento se presentaba. Cientos de seguidores del maestro estaban varados, sin posibilidad alguna de comprar alimentos. Era una imagen preocupante: el seguimiento no podía prescindir de lo concreto, de lo humano que es alimentarse y recuperar fuerzas para el camino.            

La expresión que nos intriga de Jesús fue la siguiente: «Denles ustedes de comer» (v 13). Y después, los cinco mil hombres, más la mujeres y los niños[1], pudieron degustar de los panes y peces que los discípulos repartían. 

¿Qué es eso de «denles ustedes de comer»? Podemos llevar esto a varios planos que deben ser entendidos fuera de una separación entre lo espiritual y lo material, pues deben entenderse como una unidad profunda, que nunca debe estar desintegrada bajo premisas más espiritualistas o materialistas. Es el ser humano completo, no una parte de él lo que Jesús Cristo salva.

Recalco la necesidad de esta frase, «denles ustedes de comer». Con atención a estas palabras, podemos ver desde actuales perspectivas que ayuden a las comunidades y a la humanidad en general, bajo profundas premisas nacidas del corazón del Evangelio.

«Denles ustedes de comer» no solo es una frase de invitación, es una invitación que exige acción. Quienes formamos parte de la comunidad somos responsables el uno del otro. Cuando alguien está en una situación difícil, cuando los problemas arrecian y llega ese clamor, cuando ese llamado del hermano o hermana que se hace partícipe del mismo dolor del Siervo Sufriente de Isaías se hace inconsolable, nuestra tarea es acudir a ese llamado, a dar de comer, a sostener y apoyar aún con nuestras limitaciones aparentes. Es una llamada que el mismo Jesús nos hace, pues es Él mismo el que llama (cf. Mt 25), es la auténtica comunión que se vive en la luz de la persona de Jesús.

«Denles ustedes de comer» es asumir una actitud «samaritana», que trasciende más allá de una mera ética y se transforma en medida de lo auténticamente cristiano, de una praxis auténticamente cristiana, de una teología verdaderamente cristiana. Es un dejarse interpelar por el otro, ese otro que necesita ser salvado y que, a la vez, salva a uno mismo, nos salva a nosotros[2].

«Denles ustedes de comer» es un salto escatológico, que es esperanza de un futuro mejor, pero que desde ya se hace una tarea de amor en el presente, y que deviene de la mesianidad de Jesús. En palabras del teólogo Bartomeu Bennàssar, «la esperanza escatológica es expectativa cristiana cuando influye en la responsabilidad posible y exigente (o –digámoslo así– utópico-realista) de encontrar o de crear soluciones más humanas, pertinentes y universales a los problemas históricos más relevantes, incluso cuando se abre a Dios mismo como recreador y resucitador en especial de pobres y oprimidos, de inocentes y vencidos. Sufrimiento, fracaso y muerte asumidos en tensión permanente convierten su sinsentido en esperanza»[3].

«Denles ustedes de comer» es la respuesta más radical ante la presencia de Jesús Pan y Vino, ante el Dios que se hace alimento y vida para los creyentes (“éste es mi cuerpo… ésta es mi sangre”). Si somos partícipes de la Cena del Señor, si creemos en la presencia densa, radical del mismo Jesús en el pan consagrado y el vino que alegra el leb-corazón, es perentorio, es una exigencia en el amor, asumir una ética eucarística, en donde cristianas y cristianos nos entregamos a los demás, a quienes son menos, con la intensidad del mismo Nazareno. Somos nosotros pan para quienes tienen hambre y sed (de comida, de justicia, de amor), somos nosotros la cara del mismo Dios que hacemos comida. Somos los que le ponen, a la manera del sermón de la montaña, la sal y la luz (cf. Mt 5, 13-16), y quienes hacen de la lucha y el establecimiento de un mundo más solidario, justo y lleno de amor que hace arder el corazón un acto sacramental una acción (facere) sagrada (sacrum) desde la base de nuestra condición sacerdotal (sacrum-facere = sacrificio, LG 34).

En otras palabras, «el Dios cristiano […] pasa haciendo el bien, siempre desde la encarnación samaritana y kenótica. Al Dios cristiano se le practica, se “le hace vivir”, acertando a darle un nombre –de palabra y de obra– que salve»[4]. La única manera de hacer el bien entre los seres humanos es asumir el ser rostros del Dios vivo, y llevar en nuestro ser el ser-comida, el hacer-sagrado-el-amor-de-Dios-Hombre, el ser la fiesta que nace de la liberación de tanta oscuridad (Dussel). Ése es el verdadero culto, lleno de la audacia de los primeros cristianos que asociaban la fracción del pan a la Koinonía, a la puesta en común de los bienes y la unión de los corazones (cf. Hch 2, 42-46; 4, 32); es el verdadero conocimiento de Dios, asociado a la justicia entre las personas, en clave profética, a la manera de Jeremías[5].  

De esta manera, podemos traer el pan a todas las mesas, vivir en clave de Pascua de muerte vencida y vida sobreabundante, de esa manera se pueden llenar las cestas de panes. Porque donde reina el Espíritu de vida, donde subsiste el Evangelio, es siempre una mesa de generosa abundancia, de agradecimiento por tanto que recibimos (Eucaristía = Acción de gracias, de buenas-gracias), de fiesta y entrega, de canto, danza y esperanza porfiada, como escribiera Esteban Gumucio Sscc:

No me robarán la esperanza,  

no me la romperán; 

vengan a cantarla conmigo, 

vengan a cantar. 

 


[1] Expresión bastante fuerte por lo machista, pero nada podemos hacer ante el peso de la historia, sino resignificar los textos a la luz de estos tiempos que, al menos en lo concerniente a la igualdad de mujeres y hombres, ha avanzado bastante, para mayor gloria de Dios Padre/Madre.

[2] Cf. Bennàssar, B., Pensar y vivir moralmente. La actitud samaritana del Pueblo de Dios, Sal Terrae, Santander 1988, p 62

[3] Bennàssar, B., Pensar y…, p 63.

[4] Ibid., p 45

[5] Jr 22, 13-16; cf. Castillo, J. M., La Alternativa Cristiana, Sígueme, Salamanca 1987, pp 313s.

   

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