Occidente


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Hoy es de esos días en que he recibido una especie de iluminación, bastante especial, bastante extraña. Y vino a la manera de recuerdo de otros momentos de estudio, de otras jornadas ya pasadas relacionadas con la teología y la filosofía.


Una de las cosas que más me ha llamado la atención en mis años de estudiante ha sido la férrea, apasionada, defensa de ese complejo social, cultural, religioso, llamado Occidente. Muchas clases, charlas, algunas con profundos tintes apologéticos, mezcladas con sentidas frases catastróficas, como un Armagedón de todas las cosas al observar que aquello que fue Occidente se derrumba, se deshace, se disuelve en otras maneras. Postmodernidad, fin de la civilización, o más específicamente, de la “civilización cristiana”, retumban en templos, aulas, en los escritos de intelectuales, teólogos y hasta algunos insignes obispos, sacerdotes, y papas.


Ante estas cosas, me pongo en posición algo defensiva, pues no concibo, no puedo aceptar que Occidente sea un dogma, una verdad metafísica, epistemológica, de fe. Algo en mi interior, en mi ser cristiano, en mi ser habitante de un punto del mundo tan valioso en todo nivel como lo es América Latina, se niega y se negará a ceder ante los supuestos embelesos culturales de un determinado sitio del mundo.


Tampoco hay que ser excluyentes (como sí lo son los fanáticos de la marca “Occidente”), con el aporte cultural de la Europa occidental, que fue una de las semillas que nosotros, como continente americano, creció de manera generosa. Sus influencias han marcado con fuego y no es malo, para nada, formarse y conocer ese aspecto, esa geografía cultural, política, religiosa que es el Occidente. El problema es otro: la autorreferencia y aires de superioridad sobre otros pueblos, naciones y lenguas, culturas tan ricas y que siempre han tenido, tienen y tendrán una palabra que decir a la humanidad pero, que en esa arrogancia propia de una época moderna que ensalzaba el “progreso” y la “civilización”, y que no tenía problemas de “occidentalizar” todo, hasta borra identidades ricas y de cultura brillante, muchas veces de manera definitiva.


El mismo problema sucede dentro de la vivencia cristiana. El concepto de catolicidad queda totalmente medrado, significando este último la expresión dentro de determinadas culturas del mismo mensaje de liberación del Reino de Dios, traído por Jesús (el menos occidental del Occidente cristiano; todo menos un rubio de facciones más cercanas a las de un germano). Para muchos, ser cristiano es un campo cultural propio, se habla de “cultura cristiana”, se habla de raíces cristianas de Europa, etc.


Pero hay un problema: cuando una cultura desea ponerse como depositaria de las luces de la civilización y el progreso, cuando se autopropone como verdad, esta misma cultura no duda en avasallar, en arrasar otros campos culturales, otras maneras de ver la realidad. Y cuando se habla de “cultura cristiana”, que no es más que la realización occidental europea del cristianismo, fácilmente el evangelio que se anuncia pasa a ser invasión arrolladora, exterminio cultural insoslayable. Toda una distorsión, pues evangelizar se transforma en conquista. “Conquistar almas” era el concepto que se acuñó y que se empleó por muchas décadas.


Entonces, claramente cualquier debacle en Europa se anuncia como debacle de la humanidad, como fin del cristianismo tal cual. Si desaparece Occidente, desaparece lo cristiano, desaparece Roma, desaparece la fe. Y es ahí donde aparece el ejército de defensores de la “cultura cristiana”, proponiendo re-evangelizar, que no es más que devolver al mundo los principios de pensamiento occidental para el Evangelio.


Sin duda, es un problema, pero a la vez que un desafío. Lo mejor que le puede pasar al cristianismo es permanecer fuera de diversos campos culturales, y dar vuelta el razonamiento: pasar de una “cultura cristiana” invasora y con aires de grandeza cultural a una inculturación del Evangelio. Puesto que todas las culturas son expresiones humanas, en ellas también brotan gestos, palabras, elementos visibles del paso del Dios Trino, que ha creado al ser humano a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26-27) y que mueve su santo Espíritu donde quiere. Aprender a reconocer, a valorar e incluir dentro de las reflexiones y praxis lo valioso de cada cultura, como, a la vez, hacer que el mensaje de Jesús se viva en los planos culturales propios, salvando lo salvable, purificando lo que merece ser cambiado (a la luz del Evangelio, no a la luz de una premisa cultural determinada, Occidente).


Concluyo diciendo sin anestesia: si muere Occidente, bueno… muere, nomás, queda el resto del mundo, que también puede aportar conceptos, ideas, prácticas, personas, a la vida en Cristo dentro de las comunidades de fe. Si Occidente muere, aparecerá otro grupo cultural que, espero, aprenda las lecciones; o sea, aquellas que tienen que ver con el respeto a otras visiones culturales, lo que generará nuevos desafíos para quienes reflexionamos desde la fe en el Nazareno.


Agradezcamos y tomemos con entusiasmo aquello que nos deja el Occidente moribundo, pensadores, ideas, formas cristianas de vivir, todo aquello que pueda ayudar en nuestras actuales maneras de pensar y vivir. No me niego en lo personal, pues leo muchos autores de “las Europas”. Otra cosa es caer en esa nostalgia vacía, desquiciada, llenas de gritos al cielo, del “Occidente cristiano”.


Los cielos y las tierras pasarán, pero el Evangelio de la vida, que impregna culturas y las enriquece, sin exterminarlas, quedará por siempre en la vida y el corazón de los pueblos (cf. Mt 24, 35)

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