LOS GALILEOS


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«¿Acaso no son galileos todos estos que están hablando?» (Hch 2, 7).

Ya ha pasado la fiesta de Pentecostés. Muchas vigilias han inundado las parroquias, comunidades, incluso paseos peatonales de algunas ciudades. Velas y cantos encendidos de amor y llenos de esperanza se entonaron en las noches y mañanas que rememoraban la llegada del Paráclito, Aquel que defiende y consuela, Aquel que nos da el poder perdonarnos, el llenarnos de carismas y dones que hacen de nuestras comunidades cristianas una verdadera asamblea que escucha y responde, la Ekklesia (Asamblea que escucha) donde se experimenta el Kalein (escuchar) ardiente, que invita a moverse, a caminar, a bailar y celebrar.

Una frase me llama la atención en el Catecismo de la Iglesia Católica: «El Espíritu Santo es “el principio de toda acción vital y verdaderamente saludable en todas las partes del cuerpo”» (CEC 798). Además de lindo y bastante dulce, puede sonar a falsedad, puesto que la experiencia demuestra que la individualidad y la privacidad de la fe es mayor que la actitud más eclesial, más de comunidad. Quizá quien la mencionó en su momento (Pío XII) no estaba tampoco muy interesado, pensando en que era la Iglesia un formidable castillo de fe y moral, propio de la idea de la Cristiandad, como expresión más bien sociológica de lo cristiano triunfante e imperial, más importante que cualquier soplo carismático del Espíritu.

La riqueza del Espíritu Santo se manifiesta en sus dones, en los carismas que siguen, en muchos casos, durmiendo y arrumbados en el cajón de la corrección eclesial. Sin embargo, cualquier carisma resulta más bien un autobombo pastoral o una interpretación circense en la carpa de la parroquia si no está provista de ese “don excelente” (1 Co 12, 31), que es el amor. Aspirar a los dones que el Espíritu reparte personalmente a cada miembro queda anulado si no existe el amor, si no se permite la expresión teológica más genuina y verdadera: «Dios-es-Amor» (1 Jn 4, 8.16; cf 1 Co 13 1-13).

Si Dios se “define” en el amor, es precisamente ese amor el que busca al ser humano, y, sobre todo, a quienes no tienen nada que ofrecer a cambio, a quienes son más postergados y últimos. Ellos son los escogidos, privilegiados de Dios, para hacer de Pentecostés el fuego abrasador que trae el Espíritu prometido por Jesús («He venido a arrojar un fuego sobre la tierra… ¡y cuánto desearía que ya hubiera prendido!», Lc 12, 49).

Es este Espíritu que mueve las bocas y corazones-Leb de muchos  fieles el que hace presente la misión profética de la Iglesia. Cuando esa función propia de los bautizados se expresa hoy como posibilidad de nuevas transformaciones en la forma de vivir la misma fe de los primero apóstoles, pobres de Galilea (es decir, de la región más pobre y olvidada de la Palestina, casi al mismo nivel de los “malditos” samaritanos), simplemente no se puede acallar, pues es manifestación del Espíritu de la vida (cf. LG 12). Así, quienes oyen al Señor Paráclito y mueven las aguas pantanosas (aún) de una Iglesia que sigue herida, para dar rienda suelta al agua que da la vida, o de una sociedad sin humanidad, llena del veneno individualista y (neo) liberal; es decir, aquellos que aman realmente a la Iglesia y al mundo, son ellos los que están llamados a animar a las comunidades a volver a lo genuinamente eclesial, a lo verdaderamente cristiano, es decir, humano, a lo que realmente vale.

Son estos últimos, pobres y sencillos que no saldrán a la fama sagrada y profana, los “galileos” que reciben con fuerza y no ponen barreras a la acción del Espíritu. Dentro y fuera de la Iglesia puede repetirse la frase de quienes, estupefactos y con no falta de burla, se preguntaban «¿acaso no son galileos todos estos que están hablando?» (Hch 2, 7). No cabe que sean los simples, los más pequeños, los que no son teólogos ni reconocidas figuras los que lleven la batuta de los cambios y milagros que necesita la Iglesia y el mundo hoy. Son galileos, dicen, son simples pescadores y publicanos, gente de pueblo, más encima borracha y con mujeres que están a la par de los hombres (cf. Hch 1, 14; 2, 13). Menudo grupo, nada que ver con doctos rabinos, escribas, maestros de la ley, sacerdotes, obispos, intelectuales…

Así, en palabras de Esteban Gumucio sscc, «[h]ay un Pentecostés para la Iglesia en cada nuevo signo de los tiempos. La Historia no es una fatalidad, no es una casualidad ni es el producto perfectamente calculado por la industria del hombre. La Historia, desde la Resurrección de Jesús, es el camino sorpresivo y desconcertante del Espíritu Santo que quiere caminar en los alegres o cansados pasos de los que tiene hambre y sed de Justicia, al estilo de Jesús; en los modestos y sudorosos pasos de los que buscan el pan de cada día con un corazón solidario, generoso, al estilo del Jesús, trabajador de Nazaret…»[1]. Ya los apóstoles y las mujeres experimentaban ese don, ese fuego de amor y viento que arrastra el mal y el dolor desesperanzado hecho pecado, abuso, injusticia. Ellos, hombres y mujeres simples, desconcertaban y causaban sorpresa, hablando “las maravillas de Dios” (Hch 2, 11). Ellos, los simples, ellos, los galileos.

La realidad que nos provoca en el hoy de la comunidad cristiana y el mundo que nos rodea exige volver a ser un cuerpo, a convertir esa inocente expresión del Catecismo una realidad que haga conmover hasta a los mismo teólogos que elaboraron el mismo texto. Que escandalice, que haga tropezar a los seguros de sí mismos, para que se levanten, para que la realdad cambie y sea otra, donde reine el amor, donde haya fuego que queme lo viejo y haya viento que sea respiración de aire puro e inflamado. Que no tengamos miedo de “las galileas y los galileos”, que puedes ser tú, que podemos ser todos… Que ese amor se transforme y levante a los heridos, a los pobres, a los excluidos. «El signo de la presencia activa del Espíritu de Jesús es la búsqueda decidida, valiente, ardorosa, de lo que hace al hombre y a su historia dignos del Reino de Dios»[2]. Es la lucha decidida por otra Iglesia, que oiga y responda al Espíritu con pasión, defendiendo al abusado, reflexionando por una comunidad más abierta al evangelio, por un mundo en donde los seres humanos no tengan que inmolarse para que haya justicia de los poderosos, cómo Sebastián Acevedo, quien se quemó en plena plaza de la Independencia en Concepción por la desesperación de no saber dónde estaban sus hijos, detenidos por los agentes de la dictadura; o como aquel abuelo que, desesperado por un sistema deshumanizante que le negaba su remuneración sólo por estar enfermo, se cortó las muñecas en las oficinas del COMPIN.

Que el mundo entero, que cada realidad de nuestras existencias puedan oír, en su idioma, las maravillas de un Dios tierno, jugado por nosotros, que no tiene asco del barro, sino que tiene callos de carpintero, de creador, de hombre-para-los-demás (D. Bonhoeffer), que sopla el viento que es, a su vez brisa que sana y que hace respirar vida, amor, esperanza.


  

[1] Gumucio, E., Escritos, Rehue/Congregación SSCC, Santiago de Chile 1994, p 158.


[2] Ibid. 

   

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