Libertades


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La libertad es una palabra llena de polémica, saca chispas, nos interpela y nos lleva inmediatamente a la reflexión de nuestras propias acciones. Es la libertad uno de los más importantes tópicos del pensamiento en el mundo actual, como también de la teología.


Es ese espacio de la libertad en que el ser humano logra tomar las decisiones, en especial las que dan un sentido a las interrogantes últimas, que más bien son las primeras. La muerte, el sentido de la vida y la vida del sentido, el sufrimiento, la relacionalidad, son aspectos humanos que no pasan jamás desapercibidos. Las decisiones libres que impulsan a la fe en la trascendencia no van de la mano sólo en un asentimiento racional, sino que implican un movimiento total, de pensamiento, de libertad. El entendimiento y voluntad, como así lo manifiesta LG 5, bajo un asentimiento libre.


Esta libertad se vive (aparentemente) en el seno de la Iglesia, en la libertad de hijos de Dios como dice san Pablo, libres de la muerte y del pecado (cf. Rm 6, 1.6; 8, 21). Nuestra vida y cada paso que damos es un paso lleno de conciencia, de plena responsabilidad, pues el Evangelio se transforma en carne, en cada acto nuestro de cada día, personal y comunitario.


Quiero detenerme en la libertad vivida en la Iglesia, cuando se trata de emitir juicio en torno a situaciones sensibles o en la mera opinión teológica. Si algo hay en común en la crítica hacia aspectos de la Iglesia y la vivencia de la fe, como con la opinión audaz de teólogas y teólogos que buscan enriquecer el pensamiento y la vida en torno a la fe en Jesús, es la reacción, sobre todo en épocas más recientes: rechazo, suspicacia, inquisiciones de ciertos miembros conspicuos de la Iglesia, tanto clérigos como laicos. Cuales guardianes de una diafanidad sin límites, como atalayas de una sociedad perfecta que no admite ningún tipo de crítica (pues en ella nada hay de error, supuesto hecho por la acción del Espíritu Santo, mal entendida), seguros defensores de la institución, que sacraliza muros y ritos y no observa lo fundamental, lo que da la vida en abundancia.           


Una Iglesia que no vive el Evangelio en la libertad no puede llamarse así. Puede ser una dictadura, una forma de despotismo con base religiosa, pero en ella no vive el Espíritu de Jesucristo, que no impone en base a la orden perentoria, sino que invita mediante un sencillo y radical «sígueme» (cf. Mt 9, 9). «Hoy menos que nunca –dice Karl Rahner sj en el texto La Libertad de Palabra en la Iglesia- ni hacia dentro ni hacia fuera, puede dar la Iglesia la impresión de que es uno de esos estados totalitarios en los que la fuerza externa y la obediencia de un silencio mortal lo son todo, y en el que nada valen la libertad y el amor»[1].  

 

La obediencia dentro de la Iglesia es una obediencia en clave de mayoría de edad (Rahner), que no admite más señorío que la de Cristo Jesús; es decir, la forma de ejercer tan especial y propia del Nazareno el ser Señor: Dios que escucha, que sale a salvar y a liberar todo tipo de ataduras, para vivir la libertad plena y no cambiar las cadenas de hierro por otras de oro. Un obediencia que concibe la sana crítica y el comentario teológico audaz como servicio al Evangelio a ya hacer más clara la razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15).


 Han sido muchos los santos y santas, así como probados hombres y mujeres de fe quienes, a través de la historia, han innovado las formas de pensamiento teológico y pastoral, como aquellos que no han escatimado palabras de reprensión ante los vicios de la Iglesia, sus miembros y bases teológico-filosóficas[2]. No son “enemigos de la Iglesia”, ni otros motes inventados más para descalificar y reducir al “rival” de turno. Son palabras proféticas que van a la búsqueda de mejores comprensiones y de conversiones que son necesarias.  


Funcionales a esas actitudes adversas a la libertad de palabra son las visiones erróneas de lo que es la autoridad, la obediencia y la jerarquía eclesial. Pretender colocar a la autoridad eclesiástica a un paso antes que a Dios; darle peso a una opinión sólo por provenir de la voz de un clérigo; asumir las mismas actitudes déspotas por parte de laicos, dentro de pastorales, movimientos, etc.; los “nuevos movimiento”, los cuales manifiestan muchas veces aversión a la libertad de conciencia de sus miembros (“crucifica la razón” es una frase que nunca olvidaré, cuando emanó del discurso de cierto humano en cierto movimiento X); el ego que deriva en la absoluta fe en el sí-mismo, desprovisto de la gracia y la acción del espíritu de Dios, cortadora de la libertad más genuina y cargada de pelagianismo; éstos son males frecuentes que se relacionan con la vivencia libre del cristiano.

 

El clericalismo es una de esas pestes, quizá una de las más grandes, juntos con los “tradicionalismos/costumbrismos”, pues es un totalitarismo de secuestradores del Espíritu, que lo enjaulan y privan de la libertad que le es propia, pues sopla donde quiere (cf. Jn 3, 8). Es una limitación hierofánica, expresión de otro elemento al cual haremos referencia más adelante; esto es, el poder ejercido en clave de Jesús, versus el poder realizado mundanamente.


Quiero dejar unas palabras de la encíclica Laudato Si’, de Francisco. Es una frase que a muchos quizá se les pasó por alto (la encíclica habla de la ecología, de la relación con la Casa Común). Se entiende ello, pero les dejaré resaltado aquello que es un paso importante para aceptar con fuerza las opiniones dadas con sabiduría, las nuevas propuestas desde diversos planos del conocimiento y la sabiduría, y la libertad de palabra que, extrapolado a todos los aspectos de la vida cristiana, son una bendición y una riqueza, y no una maldición y una afrenta. Más aún si tienen en sí una invitación a la conversión de todos los miembros de la Iglesia:


«Si de verdad queremos construir una ecología que nos permita sanar todo lo que hemos destruido, entonces ninguna rama de las ciencias y ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado, tampoco la religiosa con su propio lenguaje. Además, la Iglesia Católica está abierta al diálogo con el pensamiento filosófico, y eso le permite producir diversas síntesis entre la fe y la razón» (LS 63).


Que esa libertad, que es Jesús, Hombre-Libre (Duquoc), nos impregne de nombres que sí podamos nombrar y vivir en las comunidades, nombre que evoquen la palabra y la praxis liberadora del Evangelio. Esos nombres que, como dice el tema de Nacha Guevara Yo Te Nombro, Libertad (e inmortalizado en Chile por Isabel Aldunate, en los años duros de la dictadura cívico-militar), aún no podemos decir, por miedo al dedo escrutador, a la sanción, al vejamen de quienes deben abrirse a la conversión al amor que todo libera, pues, sin él, nada somos (cf. 1 Co 13). 

 

Te nombro en nombre de todos

por tu nombre verdadero.

Te nombro cuando oscurece,

cuando nadie me ve:

escribo tu nombre

en las paredes de mi ciudad.

Tu nombre verdadero,

Tu nombre y otros nombres

Que no nombro por temor.

 

  
 


[1]          Citado por González Faus, J. I., en La Libertad de Palabra en la Iglesia y en la Teología. Antología Comentada, Sal Terrae, Santander 1985, p 106.

   

[2]          Descarto, por ahora, las otras que vienen de afuera o han determinado divisiones dolorosas, la inmensa mayoría plenamente justificadas.

 


   


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