Laicos, clero, poder y servicio


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Al reflexionar sobre los desafíos y los aciertos vividos en la vida de la Iglesia en el último tiempo se abarca una serie de temas muy importantes y que, aún hoy, siguen produciendo debates intensos, crispaciones y tomas de posturas que pueden llegar a ser irreconciliables unas con otras. Uno de eso temas es el del clericalismo y las maneras de poder superarlo, tarea que, en Chile, al menos, lleva muchos avances y preciados frutos en cuanto a la responsabilidad de todos los bautizados en la vida eclesial y en la presencia actual y liberadora del Reino/Reinado de Dios.

Los laicos han visto revitalizada su función trascendental desde el Concilio Vaticano II (CVII), después de épocas de profundo clericalismo, en donde la figura del presbítero era considerada de un plano superior, relacionada con la reducción de su ministerio a meros administradores cultuales, demiurgos de lo sagrado, alejados de los profanos, que sólo consumían el producto de su acción sagrada. Unido a una visión eclesial jurídica y jerárquica, que fue reacción al movimiento de la Reforma del siglo XVI y magisterialmente proclamada por el concilio de Trento, derivó en vicios teológicos y pastorales que produjeron consecuencias graves en la vida eclesial, viviéndose una categorización en donde existía una elite eclesial de consagrados, y un grupo de cristianos de segunda clase, los cuales sólo podían asentir y vivir su bautismo de manera apagada y en una dependencia casi infantil al sacerdote.

Pero ello está retrocediendo de manera notable, al menos en nuestro país, con una vida eclesial animada por laicos comprometidos y profundamente convencidos de su vocación.

Ahora, el problema (o desafío, más bien), que se presenta es el problema que, en el fondo, también fertilizó el vicio clericalista: el ejercicio del poder de manera autoritaria. Hoy curas y laicos tienen responsabilidades y puestos de importancia, y no sólo los consagrados en el ministerio del orden pueden caer en las viejas y maliciosas costumbres de antaño; es también que los laicos asumen los vicios “clericalistas”, conformándose, incluso, verdaderos núcleos de poder que toman decisiones de manera autoritaria, sin la debida consulta al pueblo de Dios congregado en parroquias, pastorales, grupos y movimientos, a la Iglesia en la cual ellos tienen responsabilidad.

Pensando en ello, encamino unas reflexiones que pretenden aportan un poco al panorama, para que pueda existir el discernimiento entre los cristianos de toda índole, y pueda vivirse con fuerza, la fuerza del Espíritu el camino a solucionar aquellas acciones que puedan afectar la existencia vivida en la comunidad.


Iglesia antes y después del CVII en la relación laico-clero.

            Para hablar sobre la situación que desencadena el clericalismo como expresión teológica y ejercicio pastoral, es bueno tomar en cuenta la famosa definición de lo que es la Iglesia, dada por Roberto Belarmino, de clara intención apologeta ante los avances del movimiento de la Reforma. «La comunidad de los hombres reunidos mediante la profesión de la verdadera fe, la comunión de los mismos sacramentos, y bajo el gobierno de los legítimos pastores y principal- mente del único vicario de Cristo en la tierra, el romano pontífice... Para que alguien pueda ser declarado miembro de esta verdadera Iglesia, de la que hablan las Escrituras, no creemos que se le exija ninguna virtud interior. Basta la profesión exterior de la fe y de la comunión de los sacramentos, que es algo que pueden constatar los propios sentidos... En efecto, la Iglesia es una comunidad (coetus) de hombres tan visible y tan palpable como la comunidad del pueblo romano, o el reino de Francia, o la república de Venecia[1]».

Aquella definición insiste en la visibilidad de la Iglesia, vista de una manera más bien piramidal: el conjunto de la Iglesia, unido en la fe única y por los mismos sacramentos, está vinculada en partes o proporciones, en unidad en vértice entre sí, bajo la guía de la cabeza visible de la Iglesia, el obispo de Roma[2]. Los obispos locales, cabezas de las Iglesias particulares, quedaban reducidos a meros «lugartenientes del pastor universal»[3].

Esta situación permitió el desarrollo de los poderes jerárquicos y de la Iglesia como reino organizado[4], un reino humano, claramente (como el reino de Francia o la república de Venecia…, en palabras de Belarmino). Derivando en una manera de hacer eclesiología basada en la reacción y la defensa, dejando de lado la dimensión del «anuncio gozoso y liberador del “Misterio” escondido en los siglos y revelado en Cristo»[5]. 

Evidentemente, quienes no poseían el carisma del ministerio, los laicos, no estaban considerados dentro de las responsabilidades eclesiales. Dentro de una visión mundana de lo que es un reino, los laicos pertenecían a la casta de los plebeyos, quienes debían asentir de manera sumisa los dictados del clero, expresión absoluta del poder divino en la tierra. De ahí que el ejercicio de responsabilidades dentro de la Iglesia resintiera, al ser exclusivamente una actividad de clérigos. Los laicos sólo miran, asienten, obedecen, “oyen misa”. 

Tuvieron que pasar varios años para que las descripciones de la Iglesia como Cuerpo Místico y Pueblo de Dios (que consideran a laicos y ordenados dentro de un mismo plano), declaradas en la constitución dogmática Lumen Gentium (LG), fueran reconocidas, como fruto de una reflexión que considera a la Iglesia como Misterio salvífico, «como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1). Más aún, la Iglesia es expresión de la Trinidad, de origen basado en la Trinidad. En este sentido, «el origen trinitario de la Iglesia se presenta describiendo (en Lumen Gentium) la economía de la Salvación»[6]. La Iglesia, que surge en la Historia de Salvación, «surge de la Trinidad, está estructurada a imagen de la trinidad y camina hacia el cumplimiento de la Historia»[7].

Venciendo todo argumento que hace pervivir al clero como una casta superior, y contra la “eclesiología jerarcológica” que Yves Congar Op hiciera notar a partir de la reflexión teológica acerca de la Iglesia en su tiempo[8], la Iglesia, Pueblo de Dios e imagen del Dios Uno y Trino, es:

  • Entretiempo entre el ahora y el todavía no de la escatología; no es ella el Reino/Reinado de Dios en su absoluta plenitud, hay un camino que seguir, con aciertos y caídas, pero bajo la compañía del Espíritu de Dios.
  • Totalidad, en cuanto a la dignidad de todos los miembros, que siguen a un mismo Señor, que han sido bautizados con el mismo bautismo y poseen todos igualdad a partir del mismo bautismo (nos hace hermanas y hermanos en Jesús, hijos de Padre y templos del Espíritu Santo).
  • Es tarea de todos los miembros, sin distinción, sin discriminación; la acción de cada uno de los bautizados reviste la misma importancia, todos son uno en Cristo, como un cuerpo (cf. 1 Co 12).
  • Unidad en la vivencia de esas tareas, unidad “católica” ( = Universal).

En resumen, la iglesia es «pueblo de Dios en camino, a cuyo servicio deben estar todos los ministerios eclesiales, que se definen como dones y servicios; primero el pueblo, después el ministerio»[9]. Todo el pueblo es fundamental, todo el pueblo de Dios es, además, un cuerpo, pleno de dignidad en cada centímetro de esta misma corporeidad eclesial. Cada bautizado, sin importar el carisma que ha recibido o el ministerio encomendado y vivido, «es ante todo el Homo Christianus, aquel que mediante el bautismo ha sido incorporado a Cristo (cristiano de Cristo), ungido por el Espíritu (Cristo de jrio = unjo) y por eso mismo constituido pueblo de Dios»[10]. Todos participan de las riquezas y responsabilidades dadas por la consagración bautismal, en clave de sacerdocio universal, en donde cada miembro se ofrece como víctima, viva, santa y agradable a Dios, en el testimonio del Nazareno y en el dar razón de la esperanza que lo mueve (cf. 1P 3, 15)[11]. 

Es profundamente significativo que los laicos tuvieran especial atención en el texto de LG[12], extensamente referidos en su definición y en sus características distintivas. Pero, lo fundamental, es el valor profundo de quienes, en medio de las actividades cotidianas, sirven a la causa del Nazareno y el Reinado de Dios. 

Hay bases profundas que hablan de una auténtica reflexión cristiana acerca de la condición igualitaria de todos los miembros de la Iglesia. Pero, mirando al hoy, ¿qué se puede observar con respecto al tema?

  

Poder, un problema común y contagioso.

            Es importante recalcar lo siguiente: el clericalismo es un problema persistente, no obstante los esfuerzos y avances en materia teológica y pastoral con respecto al tema. Siguen existiendo expresiones de reflexión y praxis eclesial que tienden al ensalzamiento del clero como un estado de vida más perfecto, desmereciendo el resto de las diversas vocaciones[13].

El clericalismo que ha existido y resiste en el imaginario y praxis eclesial es una expresión de poder, a través de una imagen de dominio y control que ejerce el sacerdote por su ministerio. A pesar de la mucha benevolencia que pueda tener el consagrado en su “servicio”, hay igualmente dominación malsana y subordinación, derivable en abuso[14]. 

El poder dominador, despótico, ha sido la causa de los abusos de todo tipo, vividos en la Iglesia y que en este último tiempo se han desvelado, como dolor que se debe asumir y como esperanza de cambio y conversión. Ninguna teología, exégesis bíblica, pastoral de la excusa “esto siempre ha sido así”, puede permitir este atentado al espíritu mismo de Jesús, que viene a servir y no a ser servido, que no es como los gobernantes de este mundo, que están dispuesto a ejercer el poder de la fuerza, la fama y la posición (eclesial, en este caso), para aplastar sin misericordia (cf. Mt 20, 24-28).

Pero de este mal no se salva el laico y laica. Es común que cuando existen responsabilidades encomendadas a laicos aparecen vicios, antiguos y nuevos, también relacionados con el ejercicio de un poder que antes no se poseía. Esto es fruto de una asimilación de las costumbres perniciosas de un clericalismo que fue una tónica durante mucho tiempo. Las nuevas responsabilidades del laicado se reducen, pues, a decir “los laicos pueden hacer lo que antes hacían los curas”.

“Lo que antes hacían los curas” adquiere profunda amplitud, en lo bueno y común que se puede hacer, como en lo malo, como en el ejercicio despótico del poder. Esto genera luchas en las comunidades, carrerismo, deseos de figuración estéril y en pos de fama, una “espiritualidad de la exposición”, luchas de poder con el párroco, que puede verse como un rival a la hora de las decisiones, “activismo”[15], etc.             

En el fondo, los errores y pecados por el dominio “de lo humano y lo divino” de los presbíteros que vienen del pensamiento y la acción clericalista pasan a ser los errores y pecados de los laicos que poseen responsabilidad (y de todos los laicos, en el fondo). Se produce lo que el filósofo Enrique Dussel llama el “Ethos del Dominador” que «[…] gira en torno a la mistificación, como costumbres o virtudes superiores, de lo que fueron vicios en el tiempo de su opresión»[16]. El laico con responsabilidades ha hecho suyos los vicios de poder de un pasado clerical, porque, insisto, “los laicos pueden hacer lo que antes hacían los curas”, hasta en el dominio del ejercicio de su actividad pastoral. Es un “clericalismo laical”.

El poder corrompe, es pernicioso cuando no se ejerce con profundo sentido ético. Es un hecho, comprobable en la historia, y que más aún afecta en la comunidad de fe, la Iglesia. Papas, obispos, presbíteros y los laicos, recientemente, al disponer de cargos de responsabilidad, de misiones y vocaciones particulares, pueden transformar esas vivencias en camino de ejercicio de poder autoritario, sacando en cara los cargos y las “dignidades”. Y es más penoso, cuando el poder “en cristiano” funciona de una manera distinta a la realidad imperante, llena de competencia y de deseo de ser-mejor-sobre-el-otro.

Luchas de poder, intrigas, chismes, injurias, revestido todo de un mesianismo retorcido que lleva a estar por sobre todo, incluso las normas morales, incluso sobre el Evangelio. Y es patrimonio de lo propiamente humano y frágil, por ende, de nuestra condición. Pero, aunque pueda verse esto con pesimismo, existe la esperanza, el camino de conversión que lleva a superar esto. El Evangelio llama siempre, en cada época con sus particularidades. Nos llama, en este punto específico, a superar las lógicas mundanas de poder.

  

Poder como servicio abnegado y responsable. Vencer toda forma de abuso de poder.

            Todo abuso de poder parte de una visión distorsionada del mismo. En su ejercicio viciado está profundamente enraizado el deseo de dominio, de gloria; un narcisismo alimentado del más profundo egoísmo y anhelo de someter, de colocarse en el primer lugar. Más aún, si es con justificativos basados en la fe y en ciertas posturas de superioridad por el control de determinado aspecto espiritual, o por un carisma que es visto como superior a otros. Es, con base en la reflexión de más arriba, hacer que determinado órgano del cuerpo fuese más importante que el otro, sólo por tener funciones aparentemente más importantes que las otras secciones[17].

El servicio que propone Jesús es distinto. No es el de los jerarcas, no es el de reyes ni príncipes, que dominan a las naciones, que controlan la vida de los demás. El poder de Jesús, y el que enseña a los discípulos, es el del servicio. Mt 20, 24-28, el texto mencionado más arriba, es claro: Jesús no ha venido a ser servido, a apoderarse del cargo, a ser el centro de atención por la misión que le ha encomendado el Padre; el no ha venido a ser servido, sino a servir. Su naturaleza humana y la divina se hacen puro servicio, entrega total. Es el verdadero ser humano, porque se da a los demás, es el Dios vivo y verdadero porque se da por todos, seres humanos y el universo entero. Si está en medio, es para servir, para dar-se a favor de toda la humanidad, especialmente por los últimos: «Yo estoy en medio de ustedes, como el que sirve» (Lc 22, 27). El “poder” cristiano es el servicio.

En este sentido, sería importante dar a conocer ciertos elementos que pueden ayudar al ejercicio del poder de manera cristiana, en escucha y vista de los signos que la realidad social propone, puesto que el problema del abuso del poder y las soluciones adecuadas son un asunto que atraviesa toda realidad humana[18].

  1. Es necesaria siempre la restricción al ejercicio del poder. Esto es iluminado en la experiencia cotidiana: jefes, gobernantes, en toda forma de ejercer el poder, están bajo límites que, al sobrepasarse, generan abuso. Esto alude a cualquier forma de poder, más aún en la religiosa: del poder espiritual «se puede abusar tan fácilmente como de cualquier otro poder, de manera que hay que asumir la necesidad de restricciones al poder dentro de la Iglesia»[19]. Desde los obispos hasta los asesores pastorales, laicos y clérigos, deben aceptar en nombre de la autenticidad cristiana este valor del límite.
  2. Es importante la superación de las tensiones propias de toda relación humana, sobre todo cuando existen formas de ejercicio de la autoridad. Esto va, por ejemplo, a los clásicos conflictos entre servicios y pastorales de una comunidad cristiana, producto de una visión problemática del servicio, que debe ser iluminado con el Evangelio.
  3. Es también de importancia una forma adecuada de liderazgo de quienes tienen autoridad, basado en el principio del crecimiento humano; es decir, en la promoción de todo ser humano, que impide el abuso, la hiperactividad, o cualquier vicio que abarque un crecimiento tumoral.
  4. Y lo más importante, volviendo al mensaje del Nazareno: que el poder es para el servicio, no para ejercer un poder absoluto y despótico. El servir es estar a total disposición de la comunidad, sea cual sea y sea quien sea el que asuma las responsabilidades del liderazgo.


Pero el vencer el abuso de poder, el buscar el primer puesto y, desde allí, ejercer el dominio a la manera de los poderosos, sólo puede ser llevado acabo cuando existe el amor. El servicio parte del amor, el amor no abstracto y lleno de filosofía y palabras retocadas, sino como vivencia radical, que determina al ser humano como tal, lo que lo define como persona. Es el amor como meta-física en el ser-se, en la relación[20]. Por ende, abusar del poder, aduciendo los argumentos que sean, por muy “cristiano” que se dibujen en el discurso (la “grandeza superior del sacerdocio”, la “vocación trabajadora” del líder pastoral…), impiden el ejercicio del amor: impiden el ser personas.

El amor, el ser persona y la relación con los demás, con los miembros de la comunidad de la cual formamos parte, se relacionan profundamente. Las palabras de Pedro Trigo si ayudan a relacionar estos conceptos y experiencias: «El amor no es tal si no existe relación, entre los “nosotros”. [El] sujeto es persona cuando se realiza como hijo de Dios y como hermano de los demás, sobre todo de los necesitados, y se define por esas dos relaciones»[21].

No son relaciones para el beneficio de uno mismo, para la consecución de otros objetivos de manera plena. La relacionalidad, fruto y base del amor, vivida en la cotidianeidad comunitaria, son el objetivo en sí, y lo que nos hace más plenamente humanos[22].

Este amor relacional es también base para el “amarse a uno mismo”. Amar al prójimo como a sí mismo (cf. Mt 22, 39) no es un orden de factores, en que primero me amo yo y después a los demás. Contra todo “amor propio”, entendido de manera egoísta y narcisista, ambos niveles del amor están relacionados radicalmente, «porque lo que amamos en nuestro amor a uno mismo es la personalidad adecuada para ser amada. Lo que amamos es el estado, o la esperanza, de ser amados. De ser objetos dignos de amor, de ser reconocidos como tales, y que él nos dé la prueba de ese reconocimiento. […] Para sentir amor por uno mismo necesitamos ser amados»[23].

Es este amor la base para eliminar todo autoritarismo, y para mover los hilos de tantos defectos y sombras que hoy la Iglesia posee, dentro de su condición propia de humanidad necesitada de purificación (LG 9). Es el amor lo único que nos da sentido, es la suma de todos los amores de la vida personal y comunitaria[24]. Es el motor del servicio, que mueve nuestro amor y nos conduce al Amor y nos dejamos convertir y hundirnos en la ternura materna del Padre. Si Dios es Amor (cf. 1Jn 4, 8), es, en su intimidad y relación amorosa de personas que actúan y siguen actuando en la Historia, Servicio. Dios es servicio, y es libertad para quienes tienen especialmente responsabilidades que involucren poder, el poder de servir, y que es servir, lejos de justificativos jerarquizantes propios de sociedades y modelos ya superados.

 

Conclusión

Concluyo diciendo que el camino es largo, que hay mucha tarea por seguir realizando. El sufrimiento ocasionado por distorsiones en la reflexión teológica en general, llevados a la práctica pastoral y cuyas consecuencias se resienten y resentirán por mucho tiempo, deben mover el corazón, las entrañas para una conversión sincera y encaminarse a renovadas formas de vivir lo eclesial. Cualquier deformación del sentido del poder-servicio y de la communio, en nombre de un pasado supuestamente glorioso, sólo provocará más heridas y más víctimas de formas pastorales añejas y dañinas.

Hay que vencer toda disputa de poder, toda expresión “clericalista”, todo vicio pasado y todo contagio presente, con el amor empeñado en el servicio a los demás:

«Este espíritu de servicio por amor a Cristo no es una esclavitud que entristezca. Implica una inversión en la escala corriente de valores, según el cual el poder y el prestigio son las realidades más apreciadas; es una nueva actitud liberadora que responde al anhelo más hondo del hombre»[25].

Como dijera Francisco, en la sencillez que le caracteriza, sencillez de su servicio como obispo de la Iglesia de Roma y Papa, «servir es el estilo con el cual vivir la misión, el único modo de ser discípulo de Jesús»[26]. A servir con la humildad de Jesús, es el llamado y el verdadero camino para acabar el abuso de poder, el autoritarismo clericalista y otros tantos pecados de la Iglesia.


 

[1] Belarmino, R., De controversiis christianae fidei adversus nostri temporis haereticos II. Prima controversia generalis, líber III: De ecclesia militante, caput II: De definitiones ecclesiae, Ingolstadt 1601, 137-13

[2]  cf. Forte, B., La Iglesia, Ícono de la Trinidad, Sígueme, Salamanca 1992, p 16.

[3]  Forte, B., La Iglesia, Ícono…, p 17.

[4]  Cf. Ibid., p 17.

[5]  Ibid., p 17. 

[6]  Ibid., p 25.

[7]  Ibid., p 24. 

[8]  Cf. Ibid., p 40.  

[9]  Fries, H., Todavía es posible la Esperanza, Sígueme, Salamanca 1995, p 102.

[10]  Forte, B., La Iglesia, Ícono…, pp 41-42. 

[11] Cf. LG 10; recordar que el sentido de sacrificio de lo anteriormente mencionado no corresponde a una especie de destino trágico, lleno de heroísmo descarnado y doloroso, como acentúa cierta teología, sobre todo en la cuestión del sacramento de la eucaristía. Acá alude al sentido etimológico de “sacrificio” como “sacrum-facere”, hacer-algo-sagrado, sagrado no como separación cuasimaniquea de lo profano, sino en cuanto a que el cristiano se le ha encomendado continuar la tarea de anunciar el Reino y vivir de manera plenamente humana, a la manera del Dios de Jesucristo, Dios plenamente humano y ser humano plenamente divino.   

[12]  LG 30-38.

[13] Sin ir más lejos, en la práctica de diversos grupos eclesiales, algunos antiguos como el Opus Dei, otros nuevos como los Legionarios de Cristo o el Camino Neocatecumenal, la figura del presbítero se vuelve de obsesiva importancia y de una condición superior, algo extraño para grupos que promueven una espiritualidad más laical. Basta citar la Máxima 28 de Camino, de Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, que habla sobre la relación entre los matrimonios y los solteros (como los sacerdotes o los numerarios, laicos solteros), bajo un ropaje de militarismo: «El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo […]» http://www.escrivaobras.org/book/camino-punto-28.htm.

[14]  Cf. Robinson, G., Poder y Sexualidad en la Iglesia. Reivindicar el Espíritu de Jesús, Sal Terrae, Santander 2008, p 15.

[15]  Una hiperactividad propia de una sociedad de rendimiento, mortal en todo sentido, también en lo espiritual; no es posible una espiritualidad en este exceso de positividad propia de la hiperactividad antes mencionada. Ésta sólo genera un cansancio estéril, a solas, que aísla y divide, que destruye comunidades y divide.  Cf. Byun-Chul Han, La sociedad del Cansancio, Herder, Barcelona 2012, pp 59, 72-73.

[16]  Dussel, E., Filosofía de la Liberación, Fondo de Cultura Económica, México D.F. 2011, p 100. 

[17]  Es importante que, a pesar de que los problemas del poder son antiguos, la época actual ha desarrollado nuevas y profundas formas de dominación, las cuales, obviamente, pueden ser vividas en el hoy del abuso de poder en la Iglesia. Cf. Byun-Chul Han, Psicopolítica, Herder, Barcelona 2014, pp 27-30.   

[18]  Cf. Robinson, G., Poder y…, pp 124-125.

[19]  Robinson, G., Poder y…, p 124.

[20] «La capacidad de amar sería algo que se añade al ser completo del hombre, cuando en realidad es todo lo contrario: es la forma en que el hombre es definitivamente él mismo». En Moliner, J. M., Por el Camino de la Vida, Sígueme, Salamanca 1991, p 95.

[21]  Trigo, P., Relaciones Humanizadoras. Un Imaginario Alternativo, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile 2003, p 163.

[22]  Cf. Trigo, P., Relaciones..., p 163. 

[23] Bauman, Z., Amor Líquido. Acerca de la Fragilidad de los Vínculos Humanos, Fondo de Cultura Económica, México D.F. 2007, p 108.

[24]  Cf. Robinson, G., Poder y…, p 35.

[25] Instituto Superior de Catequesis de Nimega, Nuevo Catecismo para Adultos. Versión Íntegra del Catecismo Holandés, Herder, Barcelona, p 335.

[26] Tweet de la cuenta de Twitter en español del papa Francisco, https://twitter.com/pontifex_es/status/777832184900050944?lang=es

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