EL LADO DE JESÚS


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En la búsqueda de la sanidad de las heridas producidas por concepciones de lo cristiano alejadas de Jesús y cercanas a la mundanidad del poder y la banalidad del mal, en el camino a una renovación altamente necesaria para la Iglesia entera, se han buscado soluciones de uno u otro cuño, esperando lograr, con ello, una verdadera autenticidad en la fe y praxis cristianas.

Algunos proponen cambios radicales (me reconozco dentro de este grupo), que estén de acuerdo a las nuevas maneras y perspectivas sociales, sin perder el sentido en lo genuinamente cristiano. Cambios que pueden resultar incómodos para otro grupo de creyentes que, en un aire de nostalgia y reivindicación de un pasado glorioso, pretenden dar como remedio a tan mala hora el retorno a formas pastorales antiguas, en pos de una tradición (más bien, ideología tradicionalista) que nunca debió partir o desaparecer de la Iglesia.

Apertura versus retroceso, o viceversa. Ésa parece ser la consigna y el jarabe a la hora de encontrar la salida al túnel de tanta corrupción y toda forma de abuso dentro de las estructuras eclesiales.

Pero, ¿para dónde vamos, por dónde empezamos? Bueno, el evangelio del tercer domingo de Pascua da una solución, que parece obvia, pero no lo es tanto.

“Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán”. La cita proviene de Jn 21, 6, y es la respuesta ante los problemas de los discípulos, quienes no han pescado nada durante la noche. Nada han agarrado, ningún pez, ni siquiera un pejerrey (no me consta que existieran en el mar de Galilea, es más bien para resaltar el ejemplo). Hoy estamos en las mismas, lanzando como queremos las redes que Cristo Jesús nos ha confiado. Más aún, le tratamos de colocar artilugios, aparatos raros, o tratamos de remendar la red con los mismos cordeles que no nos han funcionado por siglos de siglos.

“…A la derecha… y encontrarán”. No es, obviamente, una justificación a cierto sector de la población con un determinado parecer en lo político, ni tampoco una justificación ideológica a ideas entrapadas en ese lado, no. La idea es otra, es muy sencilla, pero muy borrosa para todos: hay que lanzar la red, la desgastada red de la barca de Pedro, llena de agujeros y remiendos, al lugar donde pide el Maestro, el Rabbí. Es la única manera de “verlo”, para poder decir, a las claras, que “es el Señor” (Jn 21, 7). Para reconocerlo, hay que escucharlo, hay que entender que lo que pide es lo más simple, y a la vez lo que cambia la vida misma, la que llena de sentido todo: es una buena nueva que produce metanoia-conversión. 

Su manifestación como Jesucristo se realiza al disponernos a lo que nos pide Jesús. Ni a las leyes de antaño, ni al peso que le damos a las redes, a nuestra Iglesia. Se podría pasar toda la noche, toda la vida, discutiendo con “escolasticadas”, con congresos de todo cuño, con tratados magnánimos, con retornos y volteretas a formas anticuadas, bajo el principio de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Incluso, con la voz sincera de quienes pedimos renovación, se puede caer en una especie de voluntarismo extremo, sin dejar actuar, o tapando los oídos a la voz del Nazareno.

Un retorno a lo auténtico de lo cristiano sólo puede darse “con un oído en el pueblo, y con el otro en el Evangelio” (en palabras de monseñor Angelelli, recientemente beatificado en Argentina). Es decir, la voz del pueblo de Dios, más el escuchar lo que Jesús pide, son una clave para iniciar, sin traspiés, el caminar por el sendero apasionante de la buena Nueva. Si lo hacemos, podremos sacar “los peces gordos: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red” (Jn 21, 11). Con la voz del Pescador de Hombres, una red desvencijada, pero conservada en la autenticidad de la persona de Cristo, puede ser un espacio de atracción que, sin la pérdida de la libertad de los creyentes, aún puede “arrastrar” al único que transforma las redes de la pesca en una cena, en un celebrar y compartir la alegría del Jesús Vivo y Verdadero, que llama a la comunión festiva y fraterna en torno a Él (cf. Jn 21, 12-13).

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