Adviento


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Adviento, encarnación de cada día.


Este tiempo de Adviento, época de espera y de ansias por un salvador que nos venga de lo impensado, que nos quiebre los esquemas del poder, de gloria mundana, de conquista y avasallamiento. Ese Salvador que nos salva de las alturas del ego, de los espacios más duros de la conciencia, la que está llena de la idolatría. Él viene a salvarnos de los ídolos que elevamos, como el dinero, la corrupción, los individualismos, la muerte sin sentido.


Ese Salvador ha puesto su morada entre nosotros (cf. Jn 1, 14), entre los seres humanos. Es Palabra creadora de un nuevo mundo, de nuevos cielos y nuevas tierras (cf. Ap 21, 1), que parten en el hoy, en el ahora de una nueva manera de ver, de actuar, de manera desestabilizadora, inclusiva y no jerárquica, de participación para todos, especialmente para el marginado y el rechazado (Sallie McFrague, Modelos de Dios). El Reinado de Dios parte del hecho tremendo y esperanzador de Dios encarnado, que camina realmente entre los hombres, como un ser humano pleno.


Ahora, Dios hecho ser humano, Jesús el Cristo está presente hoy de diversas maneras. Las Sagradas Escrituras, los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, la Iglesia y sus comunidades, son lugares de Encuentro con el Nazareno, como reflexiona Aparecida. Además de los anteriores, agrega a quienes están en diversas situaciones adversas, siendo estos los marginados, los pobres, los explotados, los enfermos. Hombres y mujeres que aparecen en el día a día de cada creyente y persona de buena voluntad.


Cada persona es imagen del Dios vivo, en cada una está, de una u otra manera, la presencia de Jesús. En cada ser humano está el espíritu del Adviento, por cuanto se nos ponen como un acontecimiento de amor, de opción por ellos, en especial por los excluidos de la vida, por quienes han sido postergados, descartados como cosas que se pueden desechar, los que no están dentro de la casa del Pueblo, más aún todavía los que están fuera de la mesa de todos, del pueblo de Dios, fuera por negligencia y la poca autenticidad de la vida cristiana.          


Ellos nacen ante nosotros, inesperados en el aspecto más desolador e insólito, con la mirada profunda de quien nos pide ayuda, de quien sufre y se convierte en un golpe ineluctable ante la diafanidad y burguesía de la vida cansada y activista. Son quienes aparecen inesperadamente y nos piden detenernos, contemplarlos y ponernos en praxis, en clave de alabanza y esperanza (cf. Lc 2, 20).


Ellos vienen hacia nosotros, aparecen en nuestro día a día, en la cotidianeidad más genuina. No aparecen bajo tremendas epifanías, manifestaciones tremendas y aterradoras. Es lo común lo que aparece encarando nuestras existencias. Vino a los suyos (Jn 1, 11), Dios hecho hombre, mujer, obrero, cesante, joven, ciego, inmigrante, homosexual, anciano, mendigo, niño, enfermero de consultorio. Vino y sigue viniendo, adviniendo (ad-ventus) y esperando un lugar en nuestra existencia como personas y como comunidad.


Existe el riesgo de no recibir esa Palabra en rostro de Hombre, de no conocer la mirada de Jesús en los otros (cf. Jn 1, 11).  De creer en este tiempo adportas de Navidad como un mero recuerdo, como horas desprovistas de un mañana de esperanza y de compromiso humano, por lo plenamente humano y divino del acontecimiento de Cristo en medio del Pueblo. De creer en lo lindo que fue la época de Cristo en la tierra y nada más, que hoy los valores son otros y los demás son un obstáculo, una presencia que se ignora en nombre de los proyectos individuales absolutos.


Recuerdo a una persona que me decía que su mayor anhelo, en caso de tener una máquina del tiempo, es estar en la época de Jesús, en Palestina, siguiéndolo junto a los discípulos. Aparte de los problemas que se generaría, de todo tipo (lengua, modos culturales, hasta los gérmenes…, pasando por las extrañas maneras y perspectivas cristianas, tomado en cuenta que era miembro de una secta), deviene un llamado y una invitación, a estar con el Cristo de las periferias, el de la vida cotidiana, que está ya encarnado en medio de nosotros. Dice José María Moliner en su libro Por el Camino de la Vida:


Es un absurdo envidiar a los que tuvieron la dicha de vivir en los tiempos de Jesús. Nosotros vivimos en esos tiempos. Él está ahí. [1]

 

Está ahí, antes, esperando nacer en el encuentro, encuentro que es del mismo que nació en Belén, a quien regalamos amor en cada hermana y hermano nuestro que lo requiere (cf. Mt 25, 31-46)

 


   



[1]          Moliner, J.M., Por el Camino de la Vida, Sígueme, Salamanca 1992, p 103

   

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